El cambio climático amenaza la salud cerebral y podría aumentar los casos de ictus y demencia en Europa

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El calentamiento global podría agravar diversos trastornos neurológicos y contribuir al aumento de los casos de ictus y demencia en Europa. Así lo advirtió el neurólogo Ulf Kallweit durante el Foro Europeo de Salud de Gastein, donde alertó sobre los efectos que pueden tener las temperaturas extremas, la contaminación atmosférica, los problemas de sueño y la propagación de enfermedades transmitidas por mosquitos y garrapatas en la salud del cerebro.

Los trastornos neurológicos, que abarcan desde las migrañas hasta la enfermedad de Párkinson y la demencia, afectan aproximadamente a una de cada tres personas en algún momento de su vida. En 2019, estas afecciones, junto con los problemas de salud mental, generaron un costo global estimado en 1,5 billones de euros, según datos citados por el especialista. Kallweit es copresidente del grupo de trabajo sobre influencias ambientales de la Academia Europea de Neurología.

El experto considera que es posible reducir parte de estos riesgos mediante políticas públicas orientadas a disminuir la exposición al calor intenso y a los contaminantes, además de mejorar las condiciones de las viviendas y la planificación de las ciudades. Sus declaraciones fueron difundidas por Euronews.

Las altas temperaturas y los trastornos del sueño pueden aumentar el riesgo de ictus

Uno de los principales motivos de preocupación es la relación entre el calor extremo y los accidentes cerebrovasculares. Kallweit explicó que los casos de ictus aumentan cuando las temperaturas superan los 30 °C (86 °F). Actualmente, los accidentes cerebrovasculares relacionados con el calor representan alrededor del 1 % del total, pero esta proporción podría elevarse hasta entre el 5 % y el 8 % durante las próximas dos o tres décadas, según sus proyecciones.

El impacto de las altas temperaturas también se extiende a la noche. Las llamadas noches tropicales, en las que el termómetro no baja de los 20 °C (68 °F), dificultan la regulación térmica del cuerpo y pueden alterar las fases más profundas del sueño. Cuando esta situación se prolonga, el organismo dispone de menos oportunidades para recuperarse adecuadamente, lo que podría incrementar la vulnerabilidad frente a distintas enfermedades neurológicas.

Kallweit advirtió que los problemas persistentes para dormir pueden tener consecuencias importantes para la salud. Según explicó, la falta de descanso durante periodos prolongados puede elevar considerablemente el riesgo de sufrir un ictus o desarrollar demencia. Por esta razón, considera fundamental mejorar las condiciones que favorecen el sueño, reduciendo factores ambientales como el ruido excesivo y la iluminación nocturna.

Otro motivo de preocupación es que el cambio climático puede modificar la distribución geográfica de enfermedades infecciosas transmitidas por insectos y garrapatas. Algunas de estas patologías pueden afectar directamente al sistema nervioso. Entre ellas se encuentra la enfermedad de Lyme, que puede ocasionar complicaciones neurológicas. El especialista también mencionó la malaria al referirse a la posibilidad de que esta enfermedad encuentre condiciones favorables para expandirse hacia el sur de Europa.

Las desigualdades sociales agravan los riesgos ambientales

La exposición a los efectos del cambio climático no es igual para todos. Los niños, las mujeres embarazadas, las personas mayores y quienes padecen enfermedades preexistentes pueden ser especialmente vulnerables a las olas de calor y a otros factores ambientales. El riesgo aumenta en comunidades con dificultades económicas, viviendas inadecuadas y acceso limitado a recursos para protegerse de las altas temperaturas.

De acuerdo con las investigaciones mencionadas por Kallweit, la privación socioeconómica se relaciona con indicadores menos favorables de salud cerebral, entre ellos un menor volumen cerebral total y una mayor presencia de señales de daño vascular. Estas diferencias reflejan cómo las condiciones de vida pueden influir en la salud a largo plazo.

El especialista señaló que las limitaciones económicas dificultan la protección frente al calor. Las personas que no pueden costear sistemas de refrigeración o que viven en viviendas con poca ventilación suelen tener mayores dificultades para soportar las temperaturas extremas.

En las zonas urbanas, varios factores pueden combinarse y aumentar la exposición a riesgos. La contaminación atmosférica, el ruido constante, el estrés derivado de unas condiciones habitacionales deficientes y el efecto de isla de calor urbana pueden perjudicar el bienestar general y complicar la prevención de enfermedades. De esta manera, el calentamiento global también podría profundizar las desigualdades que ya afectan a las comunidades más desfavorecidas.

Ante esta situación, Kallweit considera necesario revisar la manera en que se diseñan y construyen los edificios y los barrios. Entre las medidas propuestas figuran mejorar la protección contra la radiación solar directa y reforzar las medidas destinadas a reducir la exposición a sustancias tóxicas y contaminantes. A su juicio, la arquitectura debe adaptarse mejor a las nuevas condiciones climáticas y a las necesidades de salud de la población.

Los espacios verdes y las viviendas adecuadas pueden ayudar a proteger el cerebro

La presencia de parques, bosques y otras áreas naturales cerca de las viviendas también puede contribuir al bienestar mental y neurológico. Kallweit afirmó que pasar una hora semanal en un bosque podría asociarse con una reducción del riesgo de ictus del 3 % y del riesgo de demencia del 4 %. Esta estimación pone de relieve la importancia de preservar los espacios naturales y facilitar que la población tenga acceso a ellos.

Sin embargo, el especialista subrayó que la prevención no debe recaer exclusivamente en las decisiones personales. Las políticas públicas desempeñan un papel esencial para garantizar viviendas con temperaturas más confortables, barrios menos expuestos al ruido y una mejor calidad del aire.

Estas condiciones pueden facilitar un descanso adecuado, favorecer hábitos saludables y reducir la exposición a elementos perjudiciales para la salud. Por ello, la planificación urbana, la mejora de las viviendas y el control de la contaminación deben considerarse componentes importantes de las estrategias de prevención.

La advertencia de Kallweit pone de manifiesto la necesidad de incorporar la salud cerebral a las políticas de adaptación al cambio climático. Reducir la exposición al calor extremo, mejorar la calidad ambiental de las ciudades y disminuir las desigualdades sociales son medidas que podrían ayudar a limitar el impacto de los trastornos neurológicos en una población cada vez más expuesta a los efectos del calentamiento global.

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